El oro de las playas, la plata de los chopos y el bronce de la piel
El grupo sigue inexorablemente su camino. Dejamos atrás los arabescos de Granada, sus cumbres nevadas parecen que nos saludan con un pañuelo blanco. Nueve kilómetros nos separan del primer desvío hacia la gloria cercana, dirección Guadix.
Antes de las nueve y media 'de la madrugada' el sol nos hace sus giños. Los chopos de ribera nos enseñan los lados plateados de sus hojas, la carretera es un continuo claroscuro; esto promete. Chopos y abedules marcan los meandros del Genil y la carretera adopta su forma. El pasillo rocoso muestra su gama polícroma, como presumiendo de paleta. Y las motos en rápido ascenso, permanecen inclinadas a diestra y siniestra, excepto el lapso entre curva, una milésima.
El asfalto es bueno, aunque hay derrumbes espaciados: la lucha entre la lluvia y el terreno escarpado. Vamos ojo avizor, pero sin dejar de apretar el puño. Algunas vegas de terreno fértil son aradas con tracción animal, a la vieja usanza. Hay cosas que no cambian. Llegando al embalse de Quéntar se amplía en horizonte aunque la Sierra Nevada presume de aún de sus velo blanco. No somos de autovía, pero es necesaria para los enlaces.
En Baza hacemos el PPP (parada, pincho y pis). Hay que aclarar que los desayunos, almuerzos, comidas y cenas están incluidas en la ruta que organiza el HOG. Sólo salen euros de la cartera para birra y gasolina. El precio de la ruta completa es de 2.100 €, muy ajustado para 15 días conociendo las carreteras más selectas de España.
Almería se engalana de verde para acoger la comitiva, parece que nos esperaba. Su desértico paisaje está lleno de brotes; colinas áridas y desgastadas albergan matorral bajo, pitas y ningún árbol. Pero domina el verdor, una Almería insólita. Es lo bueno de los cansinos temporales que hemos padecido.
Todavía tenemos curvas para gozo propio, tras el breve tramo autovía. Algún eucalipto se empeña en llevar la contraria a la vegetación reinante, pero poco más, palmeras que alegran la vida. El resto, aridez. Antes de llegar a Mazarrón vemos ya cultivos con cubierta plástica. Afean nuestro propósito de deleite estético 'on the road'.
Mazarrón impone el turquesa en nuestras retinas, hasta el momento inundadas de ocres y cactos. Y la brisa marina. Un perfume gratuito y reponedor que nos abre el apetito. Y en Águilas lo cerramos de cuajo con una cocina local, mantel de papel y atención de lujo. A los holandeses les mostramos el alioli. Y les encanta. "Saaabroso", dice Kees, al que ayer le expliqué el término con una rodaja de morcilla. Aunque omitimos que era sangre de cerdo con arroz. 'Pa' qué liarlo.
El alioli aportó su parte a los sentidos que disfrutamos en la moto: tacto de puño, olor de la flora (o del gasoil de los camiones), vista de los paisajes, sonido de los Big Twin (en mi caso de George Thorogood con Johnny be good) y el 'saborcillo' boomerang del alioli. Que vuelve.
Unas obras aburridas nos cortan el rollo, pero que se le va hacer, siempre acaban (la paciencia, antes).
La Manga, ya en Murcia, nos ofrece otra oportunidad de disfrutar por la autovía que la recorre por el sur. Su espectacularidad es inmensa. En la comida el explicaba a Kees el significado de la palabra manga, tirando de su camiseta y de su chaleco: "Esto sí, esto no".
Para acabar, me he puesto el bañador y me he ido con Santos a la playa a escribir la crónica diaria, el ordenador es portatil, y hay wifi por todos lados.
Así que ya está: me repaso el texto, me termino el gintonic y me voy al hotel a cenar, que tengo que quitarme el sabor del alioli. Ni con el segundo combinado de Gordons lo he conseguido. Aunque estoy pillando un bronceado cojonudo desde la redacción itinerante. Mejor no morirse.
(pincha en cualquier foto para ampliar y para ver la galería completa)
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