Dulce momento
Permítame vuesa Merced que le describa lo acontecido en el Día del Señor, martes 22 de noviembre de 2011 en la tierras del Nuevo Mundo. Casi 520 años después de la llegada de Cristoforus Columbus a la ahora conocida como la Isla de la Española, ChopperON arriba a sus costas a bordo de una nao aérea propulsada por un ingenio de avanzado calibre, que resuelta nos desembarcó en la costa de Punta Cana.

Un tronco que flota a la deriva, alcanzando la costa, recuerda la mía propia existencia: sin raíces, sin hojas que soportar y viajando hasta parajes nunca previstos.
Un laxo ejército ataviado de rastrillos y palas recoge las algas que ofrece la mar y peina de modo cansino los caprichosos surcos que la arena forma. Ensenadas alejadas me ofrecen esas mismas algas a mi paso; que recibo como lecho de pétalos dignos en las mejores recepciones. Los soldados de la limpieza –que gesticulan como derrotados- prosiguen sus labores en las lomas verdes que artificialmente se idearon para el ejercicio y práctica del golf. Estas creaciones de suaves formas impiden el paso y acceso al transcurso del itinerario, pero podemos salvarlo atravesando manglares que se enredan en sus raíces.
Ignatius de Amaniel
Después de esta descripción de la exclusiva playa de Punta Cana, fuimos al concesionario de Dominican Riders para elegir moto. Me ofrecen la posibilidad de rodar con un chopper de gran lanzamiento. Una creación de Michel Coudray, que pone a la disposición de mis viejos huesos. Doy una vuelta de test y decido hacer la ruta sobre esta ruda motocicleta. El bueno de Michel se sube sobre una Fat Boy y los demás –Maldita Sea, Juan y Tolo-, llevarán Dynas Street Bob. Todas ellas negras y del año. Nuestro anfitrión –Antonio de la Calle- lleva un bagger de elegante diseño. Arrancamos tras una charla didáctica y asustadiza. Antonio describe –exagerando en principio- el tráfico es como la escuela de caos donde aprenden destacadas ciudades africanas.

La cartelería dominicana es surrealista y simpática. “Esto no tiene madre, llegó papá” se repite machaconamente, sin conocer nosotros su significado. Carteles artesanos anuncian ‘gomas’ (neumáticos), dulces, telefonía, banca doméstica, alquiler de motos, venta de coches. Todo a pie de carretera. Carretera peligrosa, entretenida, con maraña de cables, de señales de tráfico en castellano de aquí, venta de fruta, carne seca... Comunicación del color y de la tipografía a mano alzada. Letras poco centradas, pero vistosas, con relieve, sombras. Orgullo del artesano.

Para centrar algo de la ruta de hoy, comentaremos que salimos de Punta Cana hacia Higüey (nada que ver con High Way) hacia La Romana. Este bello paraje de nombre de calamar rebozado es uno de los centros más importantes del mundo de la explotación del azúcar y sus productos. Los cañaverales están en flor y a punto de ser recolectados con mano de obra barata de los vecinos haitianos. En el restaurante italiano de El Puerto degustamos cuatro platos, postre y café muy endulzado. El local estaba decorado con tres obras de Chopper House para nuestro deleite.

Una comitiva fúnebre persigue a un coche largo que porta al difunto y el humo azul impide reconocer a los del luto. Son ciclomotores. Un enjambre de ‘chicharras’ da su último adios al muerto, seguramente víctima del asfalto, de la temeridad, de la imprudencia. Pero ese vértigo cotidiano no impide el respeto por el finado. ¡Viva la muerte! Muerte dulce, vida dulce en un asfalto que exige su peaje.
Tras un recorrido digno de un entrenamiento suicida y con todos los sentidos puestos en el manejo de la moto llegamos a la bella Santo Domingo. Su centro colonial es de gran belleza e importancia. Es la primera ciudad fundada por europeos en el Nuevo Mundo. Cerca de la casa de Diego Colón (primer gobernador) cenamos un lomo de atún de generosas proporciones y cruda textura. Así es la República Dominicana, o por lo menos las carreteras del trayecto de hoy. Nos hemos divertido jugando con la dulce muerte. Golosos de asfalto mañana seguiremos.
Agradecimientos: Maldita Sea, Tyson y Abobinable.
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