La Harley que cayó en la mina
Sr.D.PEDRO, Sr.D.FERNANDO, Sr.D.SANTOS y Sr.D.ENRIQUEEn lo que hoy es la provincia de León, hay un territorio con entidad propia: El Bierzo, verde por fuera y negro en sus entrañas. Los romanos, primeros conquistadores del mundo conocido, ya extraían carbón arrancándoselo a esa dura tierra cuando España era pagana, cuando ni siquiera era España. Siglos y gentes después, se abrió sobre una veta rica el pozo que dio vida y tajo a la población que lo explotase: el Pozo Solita. Éste es el relato de cómo y por qué se le dio ese nombre de amor y muerte.
En los comienzos, era “Pozo Principal”, el Principal a secas; así lo conocían los que allí trabajaban: ya fuera picando, arrastrando, barrenando, apuntalando, lavando o realizando cualquier otra labor que sacase el tajo necesario en una mina de carbón, labor que, con el paso del tiempo, ennegrece por fuera y oscurece las almas de los que de tan negro mineral se sirven. El nombre de Pozo Solita nació más tarde, seguramente a causa de las circunstancias que construyen las gestas o los infortunios, a las que el eco de su transmisión concede nombre propio. El tiempo, no obstante, oxida metales y memorias, y cada uno va añadiendo a la historia algo propio, y así, lo sumado adorna el relato original, acostumbrándolo a lo que quisiera que hubiera acontecido.
Solita se lo puso Antonio, “el barrenero”, o “el indio” como también lo llamaban, aunque esto último no era muy de su gusto y, pronunciarlo así, podía resultar en una mojada, según del humor que agarrara en esa criatura de Dios. Antonio, de la Baja California, allá en Indias, de parla escasa, rostro de haber corrido el mundo entero conquistándolo a base de sufrir, tenía una mirada helada, expresando que, de existir la palanca detonadora, podría hacer estallar el mundo. Tenía orgullo de lucir su descendencia directa de los frailes que hicieron de Ultramar, y a mayor gloria del Altísimo, tierra halladera donde enraizar. Lo de la tez morena y pelo negro como el carbón, lo excusaba Antonio en el sufrimiento de sus ancestros para la conquista de tan bastos eriales, donde no hollaba cristiano vivo sin agua, ni una mala india para holgar siquiera, cosas ambas muy necesarias para cada cual. El Señor, habidos en esa tesitura, tiende a perdonar semejantes pecados sin acudir a confesión, pero tan sólo en tierra de calamidad y sin cristianar. Tierra donde la muerte, muy cerquita de ti, se te muestra a modo de ofidio, alacrán, araña, o algún otro bicho compañero del Maléfico en lo más profundo del infierno; tierra curtida por el sol inmisericorde, curada por el frío emanado del raso, sedienta siempre y maleada por el indio pagano, un ser salvaje que prefiere la eternidad ardiente del Infierno en vez del consuelo de nuestra misma fe. De tan enormes blasfemias le redimía su guitarra, venida con Antonio; unidos, cambiaban una y el otro. La guitarra, tensada por Antonio, tenía vida propia animada por el calor de sus manos. Él se volvía otro; sus cantares evocadores de alegrías y tristezas pasadas, gozadas y sufridas; jovial y alegre, contagiaba a todos los que le circundaban, a todos cuantos solían escucharle en la taberna, al caducar cada uno de los salarios, siempre duros, siempre negros de carbón. Se decía que, cuando se juntaban él y la guitarra, le entraba alma distinta en el cuerpo, y se operaba una transformación digna de exorcismo. El Pater de la parroquia, sabedor de la vida dura de aquellas buenas gentes, con indulgencia, absolvía todas las faltas pasadas, presentes y venideras.
Y estaba Carmen. Carmen, a la que Antonio presumiendo las desgracias que tenían que venir, llamaba con ese deje de indio “mi Solita”. Solita, la que cantaba y bailaba acompañando a Antonio en el corro, repartiendo alegría en todas direcciones. Carmen, hija o hermana, y siempre amiga de todos los de la explotación. Su padre, capataz de don Pedro, el amo del ingenio, había aceptado que su señor, previo consejo del cura, le diera estudios y buenas maneras. A cambio de la inversión, Carmen administraría vida y hacienda de don Pedro dentro de la existencia acomodada propia de una esposa. Don Pedro el dueño y señor. Don Pedro el amo de vidas y haciendas. Don Pedro hijo de muchas generaciones de propietarios. Don Pedro a quien las explotaciones le proporcionaban carbón para dar y vender, para sus industrias, sus haciendas, su bienestar… Don Pedro, quien ponía y quitaba ministros del Rey. Este Don Pedro vivía en su explotación minera, pues después del trigo que nos da de comer, y de eso también tenía por arrobas, la mayor fuente de riqueza para él, era el carbón, que mueve todo lo demás.
En el pozo Principal, después llamado Solita, había carbón, muchísimo carbón -y mucho que ya se había sacado- carbón del bueno, de esas antracitas que sudan aceite. Para arrancar al pozo el mucho carbón que le quedaba, hicieron venir a un ingeniero alemán, se llamaba Alfred Bergmann. Altivo, con presencia, rudo, al uso y maneras de los tiempos que corrían. Venía de sitios adelantados, de donde se saca también carbón, adelantándolos aún más, y se iría una vez cumplido su cometido, a otros de donde también se saca carbón para modernizarlos. Se le vio un día soleado y caluroso de verano, un reguero de polvo marcaba, entre el verde amarillento de los pinos, el trazado del camino que subía a “el Principal”. Llegó al pozo antes de que el polvo se depositara de nuevo. Montaba una moto americana, una Harley-Davidson, motos duras donde las haya, como las gentes del carbón y que, como ellas, también negrean y tiran aceite. Lo dijo Antonio “el barrenero”, quien parecía saber de ella como de tantas otras cosas que había encontrado en sus viajes.
Al llegar, todos fueron y atendieron a la moto, y a su jinete, pues nadie esperaba que fuera el ingeniero alemán que se rumoreaba que iba a llegar. Se esperaba un coche al uso del patrón, con ocupantes en americana, pajarita y sombrero, acompañados de porteador con sombrilla que les proporcionase la preciada sombra en esos días tan calurosos. De haber sabido que era el ingeniero, nadie hubiera osado acercarse por mucho que la curiosidad comiera. Pero no, allí estaba, era el ingeniero, y a su lado, Carmen, con su padre, a la sazón el capataz, y Antonio “el barrenero”. Bergmann, el ingeniero, miró a Carmen primero, como haría ante la presencia de tan bella mujer todo hijo de buen cristiano, y la saludó por dicha cortesía. Con esa mirada se enamoraron, y al bajarla, ambos supieron que su amor les traería muchos quebrantos.
A partir de ese momento comenzaron dos historias: una de tajos, que era para lo que Bergmann había venido, y otra de amor, para la que no había venido. Con el transcurso de las jornadas, las miradas esquivas pasaron a encontrarse, luego a sonreírse y, más tarde, a susurrarse. De tropezarse por la casualidad -que es vocablo que también está en los diccionarios- cuando lo procuraba el destino, a saltarse éste para buscarse con banal justificación. Y así, despacio, como las cosas que se quiere que asienten bien, se fue pasando de lo íntimo a lo público, y de ahí sin percibirlo ellos, aunque sí los demás, se fue acortando el camino entre ambos y la tragedia. De nada le valieron a Bergmann las palabras de Antonio sobre la prometida del amo. De nada servirían a ella las palabras del padre, capataz de Don Pedro. Nada podía evitar que ambos vieran la primera luz del día, o la última de la tarde pensando en cuándo volverían a estar juntos en la vigilia. Sólo Dios sabe en qué ocuparían sus sueños, pero es difícil, para cualquier mortal, errar conjeturas sobre su contenido.
Mientras iba y venía tanto arrullo, los días de cabrestantes, poleas, polipastos, tirantes, postes y estructuras en el pozo Principal dieron paso a motores, montacargas, grúas y cintas sin fin al servicio de hombres picando y arrastrando el primer carbón moderno: Bergmann agotaba los términos de su contrato. Pero el consuelo del otro tiempo vivido nublaba voluntades y perspectivas.
La noche del primer carbón, se cantó, bailó, bebió, blasfemó y demás zarandajas de humanos sometidos a celebración (no necesariamente en el orden aquí expresado). Allí se lució Antonio, el indio, con su inseparable guitarra, y también Carmen, cerca de Bergmann, mostrando su contagiosa alegría y su amor con más claridad que el sol de mediodía. La mezcla de jolgorio, vinos y orujos, trajo cuerpos que se acercan y quitó lo que de recato tenemos todos; también abriría la negra puerta de la tragedia. Antonio dijo a Carmen: “… Mi Solita, esto no puede ser, te quiero más que a la hija que no conocí, pero acabará mal…” Hasta entonces, Don Pedro se había mostrado indiferente a los rumores, necesitaba a Bergmann muy por encima de su interés por Carmen, pero no tardaría en actuar como manda el orgullo de su clase cuando lo mueve la palabra traición.
Al día siguiente, Bergmann ya ocioso, se dedicó a retocar con minio de pintar vagonetas la aleta trasera de su Harley-Davidson. Inspirado por el demonio, puso la palabra SOLITA. Si algo malo venidero se presumía, Bergmann acababa de certificarlo, por escrito, en el guardabarros.
Quiso el destino, movido por los infiernos, que al subir Bergmann con su moto al pozo Principal, encontrara a Carmen en la puerta de casa del padre; la casa era paso obligado en el trayecto. La peculiaridad era que Carmen estaba vestida con traje de minero, a juzgar por el tallaje, posiblemente de su padre.
Al paso de Bergmann, Carmen extendió la mano en señal de hacer parar la moto y a su piloto; éste se hizo eco y la detuvo. Con esas trazas, Carmen montó, asiéndose muy fuerte a la cintura de Bergmann y le pidió que la llevara a ver el pozo Principal reformado. Quiso ese mismo destino, que cuando ambos enamorados estaban dentro del pozo Principal apareciera Don Pedro, con coche y chófer. Se detuvo junto a la moto y lo primero que chocó con la mirada de Don Pedro, fue el nombre de SOLITA en el guardabarros. Supo de la presencia del alemán por la moto, y de la de ella por intuición certera. Frunció el ceño y, sin bajarse del coche, mandó al chófer regresar. Si ese día Don Pedro vino a hacer, no hizo. Si vino a decir marchó sin decirlo, pero todo el mundo sabía que haría, y que lo haría sin género de dudas. Campanas a muerto redoblaban en las cabezas de todos; al dueño de vidas y haciendas no se le ofende impunemente.
A los dos días, el chófer de Don Pedro se llevó a Carmen del campamento. No se la volvió a ver. Dicen que en la hacienda principal se oyó gritar, pero nadie dijo ni hizo nada. Las cuentas entre poderosos y el resto, siempre se saldan con un haber en el lado del poder. Bergmann fue a visitar al padre de Carmen; estaba distante, esquivo y callado. El hombre con el que había trabajado en la modernización de la mina, manifestaba de esta manera el peso intenso de su dolor. La amistad que había hecho con el ingeniero alemán era, en esas circunstancias, incompatible con ser el capataz y hombre de confianza en el campamento minero de Don Pedro, más cuando acababa de dar sepultura a su hija, sin otro acompañamiento a la finada que el Pater, todo por orden expresa de Don Pedro. Pago ruin después de una vida entregada a la mina y al patrón.
Como las fichas de dominó, una fue tirando a la otra. La Harley-Davidson apareció en la boca del Principal, y el pozo, hundido con todo lo que tenía dentro. Sólo se podía haber hecho desde el fondo, y sólo una persona sabía como hacerlo: Bergmann, el ingeniero que vino a construirlo; ahora bien, la condición inevitable para tal destrucción era perecer en el intento al sobrevenirle todo encima, destruyendo, como colofón a su obra, la propia vida en una dramática caída de telón.
No tardó Don Pedro en aparecer, esta vez además de con el chófer, con el sargento y un número de la Guardia Civil. Furioso tras comprobar el desastre y, con el desdén de los que se saben poderosos y se sienten traicionados, ordenó a los dos picadores más cercanos que tiraran la moto de Bergmann al pozo. Ellos siguieron cabizbajos e hicieron como si no hubieran escuchado la orden. Don Pedro se acercó a la moto, no sin antes dar un bastonazo en la cara a uno de los picadores que le habían desobedecido y, arrastrando la H-D con sus propias manos, él mismo la tiró, por un respiradero, al pozo Principal. Varios ruidos metálicos con un estruendo final acompañaron al silencio de todos. Marchó, Don Pedro, gritando al aire que el pozo quedaría sellado por cincuenta años.
Llegó el ocaso, triste, descolorido, casi en blanco y negro, Antonio y su guitarra lloraron sones de amor y de venganza:
“… adiós compañeros
con vuestras alegrías de antaño,
si muero de este mal
no me enterréis en sagrado,
no quiero paz de la muerte,
pues siempre fui un desdichado,
con una piedra que diga
“he muerto del mal del amor
que es un mal desesperado….”.
Bergmann le había pedido, la noche antes de desaparecer, que a Carmen la enterrara en el pozo Principal, a lo que Antonio, “el indio”, asintió solemne y en silencio dando la certeza de que, si llegaba el momento, el deseo se cumpliría.
La penúltima ficha en caer, fue Don Pedro; murió esa misma noche de fiebres repentinas dijeron los médicos que le atendieron. Sólo Antonio supo que los espíritus de sus ancestros indios habían escuchado el sentido de su maldición y la habían cumplido.
Antonio desapareció a correr otras partes del mundo. Lo último que se le oyó decir al padre de Carmen fue “…podrán dormir la vida eterna en paz, están juntos…” después, el capataz enmudeció devastado por el dolor. Nadie osó acercarse a la tumba de Carmen, en el camposanto, a comprobar si estaba vacía. Al pozo Principal se le empezó a llamar pozo Solita, después del hundimiento. Se desmanteló el campamento y como telón final, aún después cuando se reabrió pasados cincuenta años quedó un cartel en madera basta, pintado con minio, el de las vagonetas, que sustituyendo al que rezaba “POZO PRINCIPAL” ponía: “POZO SOLITA”. Abajo, junto al actual elevador, hay una oquedad en la que descansa un trozo de metal oxidado, con la pintura saltada aquí y allá, pero si fijas la mirada en el centro del haz luminoso de la linterna, aún pueden distinguirse tenuemente unas letras sueltas: “SO..IT.”.
Esta es la historia, o el relato, o la leyenda, de un pozo de carbón que, llamado el Principal por sus dueños, luego se llamó SOLITA -con mayúsculas- por las gentes que lo tajaron y perpetuaron el nombre. La de una moto que también se llamó SOLITA como muestra de un amor. La historia, el relato o la leyenda, de tres hombres cada uno muy suyo, y la de una mujer, que para bien de Dios –o para mal del mismísimo Diablo- quedaron unidos para siempre.
http://solitachapter.wordpress.com/about/
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