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Rutas

República Dominicana en Harley 4

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Cuando ‘la polla’ se queda pequeña

Adjetivizar se vuelve complicado cuando la magnificencia supera lo vivido u observado. Y a eso me refiero, a lo acontecido hoy mismo sobre el chopper, sobre la ruta, sobre la vida. En mi pueblo se dice que algo es ‘la polla’ cuando quieres poner énfasis en algo fuera de lo común, algo excelso. Así que tiro (‘jalo’ acá) de comparaciones… Si hubiese sido una joya preciosa, sería la sonrisa de la amada; si fuese un diamante en bruto sería cualquiera de mis buenos amigos, si fuese bebida sería cerveza bien fría, si fuese música sería rock and roll, si fuese comida sería un chuletón de res, si fuese química sería gasolina, si fuese chándal… no, eso no.


La noche en Cabarete prometió lo previsto y disfrutamos a tope del Hotel Beach Velero. Un lujo de lugar, a pesar de que nos llovió según aparcamos las motos por la tarde y nos dedicamos al sabroso elixir de Presidente.
Cenamos sobre la arena atlántica del LAX, un restaurante afable tipo chill-out, de iluminación tenue y cálida compañía.


La mañana apareció poco a poco, con un sol tamizado por simpáticas nubes que nos acompañaron casi todo el viaje. Un relax para nuestra piel. Momento y carretera para darle al puño del gas, por la carretera costera del norte de la Isla de La Española, llamada la ruta de los huracanes. Rodamos sin casco todos, gozando de la brisa marina en nuestra cara y presumiendo de libertad de elección, de libertad individual. Algo no entendido por mentes retrógradas de las que me acuerdo cada vez que afilo el lápiz con el que escribo mi propia licencia.

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Vamos parando para hacer fotos en los lugares más espectaculares que los chicos de Dominican Riders conocen. El citado acantilado de costa abrupta víctima de los huracanes que la rozan. Luego entramos por una vereda llena de tierra suelta y musgo para encontrar la casa de una arquitecta nativa. Resulta ser un emplazamiento épico lleno de buen gusto y exquisitez. Una caseta de la Polinesia, unas olas bien plantadas debajo del acantilado, una pradera de césped cuidado interrumpido por palmeras, castaños y macizos florales. Está en medio de una selva verde espesa, húmeda, vital; y tan solo a escasos metros de la carretera costera. Algo que solo puedes encontrar en compañía de estos descubridores dominicanos.


Posteriormente recalamos en una playa idílica de harina en el suelo, turquesa en el mar y añil en el cielo. Es la playa Diamante por la que podemos rodar con las motos merced a lo compacto de su arena. Solo la ocupan un grupo de chavales lugareños que se asombran con nuestra presencia. Entre ellos destaca una chica llamada Chocolate que accede a hacerse unas fotos. Es una belleza de ébano, enredada melena y bikini multicolor.


No salimos del propio asombro de la playa con espectacularidad diamantina cuando a escasa media hora entramos en el Lago Dudu Blue. Es el único lugar del mundo donde se puede hacer espeleobuceo desde un lago natural a otro . Un concepto diferente del color turquesa intenso en un entorno absolutamente distinto.


En Nagua nos esperan dos colegas motoristas que conocimos en la sede de Dominican Riders hace días: Carlos y Chacal. Dos buenos elementos, la guindilla y el picante. Después de los efusivos saludos nos damos un homenaje de frutos del mar y zumos (‘jugos’ allá). Ellos trabajan junto a Antonio y aportan su visión de biker dominicano.
En el siguiente repostaje revisamos el manillar del chopper que con tanta vibración salvaje pedía un apriete. Cuando llegué a recoger la moto al dealer de Punta Cana me ofrecieron la posibilidad de elegir moto: Street Bob o Fat Boy de su parque móvil o el chopper de un amigo local. Elegí este último, a pesar de la fiabilidad que ofrecen sus Harley-Davidson model year. Chopper For Life!


Después de todo el día llaneando rápida y ferozmente, recobramos el entretenido placer por escalar y descender montañas (como Facebook -dice Chacal- subir y bajar…) ¡Y de qué manera! En Sánchez, ya en la bahía de Samaná giramos en dirección noreste, hacia Las Terrenas. Ahí fue cuando me quedé cojo de adjetivos, manco de descripción, tuerto de palabras y carente de olfato, pero desarrollando el gusto: por rodar, por vivir, por sentir, por estar allí. Cuando ‘la polla’ se queda pequeña como descripción. Y no es de temor o pánico, sino de magnificencia paisajista. Estrenamos asfalto negro azabache, pendientes del 20% y vistas panorámicas dignas de ser editadas en la caja de un puzzle de 300.000 piezas.


La naturaleza caprichosa mezcla montañas, palmeras, helechos, tierra fértil, mar añil y cielo referente ya tornado a lila, naranja en franjas que desaparecerán en minutos. Un recurso del fotógrafo ávido de captar lo efímero. La carretera desciende en vértigo desde el promontorio que –privilegiado- contempla el otro lado, el gran nexo hispano-americano. El Océano Atlántico.


Me indica Michel –siempre atento- “allí dormiremos” señalando con un dedo que los que asoman de su guante desgastado. Apunta a Las Terrenas, antigua aldea de pescadores que los franceses revalorizaron y modernizaron.


La Presidente burbujeaba en nuestras resecas gargantas ante un océano plateado como lomo de sardina. Los cocoteros -que ya perdieron su color-  toman la negritud de la noche. La excelente cena y los mojitos posteriores remataron un día mágico, con más sorpresas que un prestidigitador chino.

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