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Prueba de Motos

Triumph Scrambler 900

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Estigma Queen

La Scrambler es otra interpretación, diferente, de la saga Bonneville. Toda la gama inspirada en modelos de los 50 y 60 ha pasado por nuestras manos y ésta era la única que nos quedaba por probar. La ‘nueva’ Triumph lleva comercializando motocicletas desde el año 1989 y está haciendo en su fábrica lo que hacían los propietarios de las antiguas Bonneville, modificarlas según el tipo de actividades que fueran  a realizar con ellas.



El principal acierto estético de la gama Bonneville consiste en que no importa cuantas veas, siempre te quedas un rato mirando hasta que te das cuenta de que no es una clásica, con la Scrambler sucede lo mismo. Dentro de la Scrambler está el bicilíndrico refrigerado por aire de 865 centímetros cúbicos, 60 caballos y doble árbol de levas en cabeza de la Thruxton. Para hacerla más campera se montan unos neumáticos de tacos de trail, un manillar más alto y ancho, un asiento de “tabla de planchar” y unos escapes con los silenciadores colocados  en posición elevada.



Al observar a la Scrambler con su color verde caqui mate de apariencia militar, inevitablemente te viene a la mente la famosa escena de la persecución a Steve McQueen en la película “La gran evasión” (1963). La moto utilizada para aquella escena fue una Bonneville y el propio Steve McQueen realizó la mayoría de las tomas de acción e incluso propuso algunas. McQueen además de un entusiasta coleccionista de motos era un reputado piloto de motocross.

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Para la prueba de la Scrambler no resistimos la tentación de adentrarnos en el poco campo que queda sin construir en los alrededores de nuestra ciudad. Tras rodar con cautela y comprobar que admite un uso suave por pistas en buen estado y caminos, dos motoristas vestidos de calle me salen al paso y me detienen. Dudo durante unas décimas de segundo si emular a McQueen e iniciar “La gran evasión” pero la cordura se impone y me “rindo”. Algo de tensión al principio pero finalmente solo se trataba de una verificación de identidad por parte de dos amables policías de paisano, sin darme cuenta me encontraba circulando cerca de la residencia de nuestro monarca. Tras un breve rato de interesante charla motociclista con ellos continúo mi prueba campo a través. El peso de la moto no permite muchas alegrías pero sí las suficientes como para dar un paseo por el campo disfrutando de su respuesta a pocas vueltas y esporádicas derrapadas controladas y provocadas. La suspensión, de recorrido largo, es muy simple y convencional: delante una horquilla de 41 mm no ajustable y en la trasera dos amortiguadores ajustables.



Por campo resulta cómoda para pasear al absorber bien los baches y piedras sin molestar y por asfalto, se come los agujeros y baches profundos sin despeinarse.



Mientras circulamos por ciudad notamos que los dos colectores quedan a la altura del muslo derecho, el resultado estético es incuestionable, pero resultan algo incómodos para los que tenemos una altura “standard” ya que molestan ligeramente para llegar al suelo con el pie derecho, la altura desde el sillín es de 825 mm. En cuanto al calor que desprenden no hay que preocuparse, al menos en invierno, ya que la chapa que nos protege de los colectores se calienta pero no quema. El “paquete” en la Scrambler viajará cómodo por la anchura y mullido del asiento pero no tiene donde agarrarse salvo al pasajero. Por lo que si se trata de una mujer no hay ningún problema, pero yo a pesar de querer mucho a todos mis amigos, me niego a que me abracen si los llevo de pasajeros en la moto.

El funcionamiento de la Triumph es dulce en todo su conjunto, la caja de cambios es suave y poco sonora. El ancho manillar facilita maniobrar a poca velocidad y permite mantener el control con más facilidad si exprimimos el motor. Los frenos son decentes, un solo disco delantero de 310 milímetros y uno trasero de 255, ambos con pinzas de dos pistones. La Scrambler no es una moto para ir deprisa aunque puede hacerlo, en curvas de autovía y circulando a la velocidad máxima a la que permite nuestra pericia y el tráfico, no se siente cómoda del todo. La suspensión y el chasis nos recuerdan que no estamos probando una R y en realidad, como más se disfruta de la Bonnie es a velocidades medias. Al fin y al cabo la sensación de velocidad es muy superior a lo que realmente estamos rodando, de esta forma nos proporcionará diversión sin riesgo de tener que financiar los gastos de la DGT. Su precio, 9.595 euros, es elevado para las prestaciones que ofrece, pero forma parte de su exclusividad.




Álbum completo:

Triumph Scrambl


Fotos: Fernando del Toro

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